Rompiendo el Silencio contra el Bullying

"Rompiendo el Silencio contra el Bullying " es un blog dedicado a concienciar y luchar contra el acoso escolar. Dirigido por Ana Serrano, madre de una niña que sufrió bullying, este espacio ofrece recursos, consejos prácticos y testimonios para apoyar a víctimas, padres y educadores. El objetivo es romper el silencio, fomentar la empatía y promover entornos escolares seguros y respetuosos. ¡Juntos, podemos marcar la diferencia!

Relato sobre Bullying: "Los lunes de Iván"

 


📖 Relato: "Los lunes de Iván"

Iván tenía 13 años y vivía en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha. Era de esos chicos que pasan desapercibidos: delgado, callado, siempre con un libro bajo el brazo. Le encantaban los rompecabezas, la astronomía y los torneos de ajedrez en línea. No destacaba en deportes, no decía palabrotas, no sabía defenderse con puños. Y eso, en su instituto, era una invitación abierta al acoso.

Todo empezó con una patada.

Un lunes cualquiera, cuando salía del aula rumbo al recreo, tres chicos —dos repetidores y uno nuevo en el centro— lo interceptaron. Uno le soltó un puntapié suave en la pierna y dijo:
—¡Para que tengas suerte en la semana, cerebrito!

Los otros rieron. Iván se encogió de hombros. Quiso pensar que era una broma pesada, que ahí quedaría. Pero no.

Al siguiente lunes, lo estaban esperando. Esta vez la patada fue más fuerte. Al siguiente, más. Así nacieron los “lunes del golpe”, una especie de ritual de iniciación absurdo donde el objetivo era “probar la resistencia” de Iván.

Intentó llamar. Se convencería de que si no respondería, se cansarían. Pero no fue así. Los empujones se sumaron a las patadas. Las risas en clase cuando levantaba la mano. Los murmullos a su paso por los pasillos: “ahí va el saco de boxeo de los lunes” . Y aunque su rostro intentaba mantenerse firme, su cuerpo no podía mentir: cojeaba al caminar, evitaba sentarse bruscamente, y su sonrisa, antes tímida, ahora simplemente había desaparecido.

Cuando el silencio ya no protege

Una tarde, mientras doblaba su pantalón para meterlo en el cesto de la ropa sucia, su madre notó el enorme hematoma en su muslo. Se quedó en silencio unos segundos, y luego preguntó con voz firme:
—¿Quién te ha hecho esto, Iván?

Él bajó la mirada. Por primera vez, no mintió. No dijo que se había caído jugando ni que era por el fútbol en educación física.
—Me pegan. Cada lunes. Es como... una costumbre.

La madre de Iván no espero más. Tomó fotos de las marcas, escribió los días, y al día siguiente pidió cita con la dirección del colegio. La orientadora la atendió con cordialidad, prometió “revisar el caso”, pero con el paso de los días, el ambiente en el centro no cambió.

Fue entonces cuando decidió llevar las pruebas a la Policía Local. No por venganza, sino por protección.

La simple apertura de un expediente policial generó un cambio inmediato. Los responsables del colegio activaron protocolos de actuación, convocaron al equipo directivo, citaron a las familias de los agresores y, ante el temor de consecuencias mayores, los chicos confesaron.

Se impusieron medidas disciplinarias, sesiones de tutoría obligatorias y un seguimiento personalizado por parte del equipo de orientación. Más que castigo, el objetivo era educar, prevenir, hacerles ver el daño que habían causado.

Volver a mirar de frente

Iván necesitó semanas para sanar básicamente, pero aún más para reconstruirse emocionalmente. Volvió al colegio con miedo. Pero esta vez, algo era distinto. Ya no caminaba solo. Sabía que alguien había observando. Que su dolor no había sido ignorado.

En una clase de ética, meses después, escribió una redacción titulada “No es una exageración” . Allí contaba —sin nombres ni fechas— cómo había sentido que su cuerpo era un blanco, que hablar era inútil, que llamar era más seguro.

Terminaba así:

"Pensé que pedir ayuda me haría parecer débil. Pero aprendí que, a veces, la única forma de protegerse es gritar. Porque hay golpes que no dejan cicatrices en la piel, sino en el alma. Y si no se curan a tiempo, uno termina creyendo que los merece."

Hoy, Iván sigue amando los rompecabezas. Participa como voluntario en una pequeña asociación juvenil que trabaja temas de convivencia en institutos. Le han pedido contar su historia varias veces. Siempre dice que sí, pero con una condición:
—Cambiemos los nombres. Lo importante no soy yo. Lo importante es que no vuelva a pasar.


Reflexión final

Esta historia, como tantas otras, nos recuerda que el bullying rara vez empieza con algo grande. A veces es un gesto, una frase, un "juego" que no hace gracia. Pero cuando se normaliza el daño, cuando se acepta como parte del paisaje escolar, se abre la puerta a una espiral de violencia silenciosa y destructiva.

El caso de Iván muestra algo fundamental: el silencio no protegido. Invisibiliza. Y muchas veces, perpetúa.

Denunciar no es exagerar. Actuar no es entrometerse. Es tomar responsabilidad. Es decir: “esto no está bien” aunque no nos toque directamente.

El entorno tiene un poder inmenso para detener el acoso: madres, padres, profes, compañeros, personal del centro. Nadie sobra en esta lucha.

Por eso, desde este blog, te invitamos a seguir leyendo, compartiendo y reflexionando. Cada historia es una oportunidad para aprender, para prevenir, para romper el silencio .

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Porque todos merecemos caminar por los pasillos sin miedo.

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